Alejandro Matesich
Psicólogo
Diciembre, último mes del año, proximidad de las fiestas, tiempo de “terminar actividades” (Colegio, facultad, trabajo, etc); tiempo de proyectar; las fiestas, vacaciones y metas para el próximo año. Diciembre, mes de expectativas, apuros, presiones; el tiempo es corto.
Tal vez, para una gran mayoría, este el mes que con mayor gratitud recibimos en todo el año. Fiestas, despedidas, clima de festejos y de que todo “se acaba”. A pesar de ello, la cantidad de demandas que tenemos (adjudicadas e impuestas) hacen del mismo una época en donde con facilidad nos estresamos y tensionamos, muchas veces sin darnos cuenta.
Podríamos decir que, en este mes del año, es en donde mayormente estamos divididos entre mente y cuerpo, o tal vez, en donde haya un menor anudamiento entre nuestros registros psíquicos. Desde lo imaginario, nuestros pensamientos giran en torno a “las fiestas”; alegría, adrenalina, emociones, etc. A nivel simbólico, etapa de cierres; trabajo, facultad, escuela. Una época en donde hay que “hay que cumplir con todo”. A nivel Real, el goce se hace presente, bajo la forma de impulsos: Tarjetas de crédito “en rojo”, consumo de bebidas alcohólicas en exceso, actividad física desmedida (“ponerse en forma”), atracones de comida, etc.
Es curioso como muchas veces justificamos estos impulsos/consumos, como aquello que entra dentro del orden “de lo permitido”. Pocas veces pensamos que más bien en realidad los mismos son el resultado de todo lo que atravesamos y se nos impone en estas épocas y que no podemos “digerir”: expectativas, presiones e ideales.
Estos impulsos en forma de actos compulsivos son la imposibilidad de poner en palabra aquello que vivimos, no existe hiato reflexivo, somos pura descarga, pura pulsión. Las manifestaciones a nivel clínico son visibles en esta época; aumento de consultas en salud mental por estrés, ansiedad, ataques de pánico, consumo de drogas; aumento de consultas médicas por descompensación de cuadros gástricos/intestinales y patologías diabéticas, entre otros.
La mirada en general siempre suele estar puesta en las consecuencias, a la que muchas veces les damos lugar (los excesos) y no, por ejemplo, en que, si detrás estos comportamientos hay imperativos de la época, del mercado y de la cultura que nos gobiernan: rendir la última materia, “no dejar nada del trabajo o la facultad para enero”, “arreglar la casa a como dé lugar”, hacer las compras, despedir el año con cuantos grupos de amigos tengamos, etc.
El imperativo está: vivir en un mes del año, las cosas acumuladas y/o postergadas hasta el momento. Quizás, entre tanto impulso en formas de acto, podamos reorientar parte del mismo hacia el pensamiento y preguntarnos si estos ideales (inalcanzables) que a veces nos gobiernan son solo eso; ideales, y que la realidad muchas veces transita en tiempos y ritmos diferentes, particulares y complejos.
Tal vez, en esta época en donde “todo” hay que resolver, decidir y hacer, el desafío sea no hacer; decidir no decidir, transitar esta época en consonancia con nuestras posibilidades, y de esa forma, dar lugar a una manera diferente de vivir las fiestas: la propia.